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DONALD TRUMP- Redentor racista que insulta a los proles y queda sin respuesta

“Una civilización que se demuestra incapaz de resolver los problemas que suscita su funcionamiento es una civilización decadente”.

Aimé Césaire

 

Escrito por Mariano Salas – Grupo Socialist Obrero de Mexcio (LITci), 6 de Julio, 2015

Un tercio de la población blanca norteamericana es de ultraderecha y militan o simpatizan con el Partido Republicano. La mayoría son adoradores abiertos de Hitler y pregonan la supremacía de su raza sobre todas las demás.

Fue a este numeroso auditorio que Donald Trump dirigió su deleznable y racista discurso el pasado 15 de junio, al inicio de su campaña para alcanzar la candidatura por el Partido Republicano a la Presidencia de los Estados Unidos. Trump afirmó que “los mexicanos no son nuestros amigos y quienes cruzan la frontera con Estados Unidos solamente traen problemas de drogas, crimen y violencia. Son violadores –remató—. Por ello habría que construir un gran, gran muro entre México y Estados Unidos”.

Trump no es solamente un boquiflojo imprudente que no sabe lo que dice. Por el contrario él y la ralea que lo sigue entienden perfectamente que el racismo le es necesario a la potencia del norte para asegurar una acumulación de capital suficientemente grande que garantice los colosales ingresos a los grupos financieros dominantes de su decadente economía. Y eso se logra, entre otras cosas, aumentando la explotación de la mano de obra de la clase trabajadora, principalmente de los millones de exiliados económicos que se cobijan en EU provenientes principalmente de América Latina. Y la única forma de lograrlo es conservando el terror sobre estos últimos con amenazas de deportación o cárcel, malos tratos y hasta asesinatos y no otorgándoles los derechos más elementales como migrantes, como trabajadores y como seres humanos.

Este profundo racismo –indispensable para amortiguar la decadencia— produce inevitablemente imbéciles como Dylann Roof, que creen que la caída del imperio se puede evitar masacrando a los “culpables”: negros y migrantes, principalmente. Fue así como obtuvo el sustento ideológico que necesitaba para asesinar a sangre fría a ocho negros feligreses de una iglesia en Charleston, Carolina de Sur el 17 de junio pasado.

“No tenemos skinheads, ni tampoco un verdadero KKK. Nadie está haciendo nada más allá de hablar en Internet. Alguien tiene que tener la valentía para llevarlo al mundo real, y supongo que tengo que ser yo”, escribió Roof en su blog unos días antes de perpetrar la masacre. (El Universal 21 de junio 2015)

Roof y Trump representan el sentimiento de millones de estadunidenses blancos que sienten terror por la posibilidad de convertirse en una minoría racial de una potencia decadente. A aquellos que sienten la terrible agonía del que comprende su fin sin desearlo y que por lo mismo se vuelven extremadamente peligrosos. A la mayoría de los elementos de las policías que en todos los estados de la Unión persiguen y asesinan negros y latinos por las mismas razones (recordemos como en los últimos meses cayeron Antonio Zambrano, Rubén García y un indigente en Los Ángeles, por el único delito de ser migrantes mexicanos y una decena de negros cuyo delito es serlo). Representan a los Minutemen (cazadores de migrantes en los estados sureños) tolerados o alentados por los gobiernos estatales.

Pero lo más importante: ¿qué hace el Estado mexicano ante esta situación?… Nada. O mejor dicho, si: colaborar con esta política racista y asesina guardando silencio y evitar todo reclamo por el trato dado a los exiliados económicos de México y Centroamérica. Por el contrario –para quedar bien con el amo— persigue con saña en territorio nacional a los migrantes centroamericanos, los asesina o encarcela o en el mejor de los casos los deporta. Para ello se apoya en las bandas del crimen organizado que persiguen, atosigan, secuestran, violan, roban y asesinan migrantes centroamericanos. Además colabora glorificando la cultura yanqui para lo cual cuenta con el apoyo desmedido e incondicional de los medios masivos de comunicación. Todo ello reflejando cada vez más la condición de colonia de los Estados Unidos en que nos estamos convirtiendo como país.

Por lo tanto hay que exigir al gobierno, primero que suspenda los pagos de la deuda si continúan los malos tratos y asesinatos de migrantes mexicanos y centroamericanos. Segundo, que detenga la persecución de migrantes centroamericanos, anule la exigencia de visas a todo ciudadano latinoamericano y proporcione asistencia alimentaria y médica a los migrantes que atraviesen el territorio nacional en su paso hacia los Estados Unidos. Solamente de esta forma lavaremos las afrentas que han debido soportar los migrantes mexicanos y centroamericanos en Estados Unidos y en nuestro país.

Al final del camino tendremos que lograr que los trabajadores de aquí y allá, negros, blancos y mestizos, logremos la indispensable unidad para cambiar a esta sociedad decadente y descompuesta. Que los trabajadores blancos que han sido contaminados por el racismo entiendan que el imperialismo –que los explota también y cada vez más—es el enemigo común a vencer. Necesitamos que el proceso de unidad que ya empezó entre los trabajadores en EU, sin importar la raza, continúe; como ya se observa en las marchas que se suceden cotidianamente por las calles.

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