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Detrás de la amenaza de Donald Trump

Desde que Donald Trump inició su campaña política para llegar a la Casa Blanca, no ha cesado de mostrar odio hacia la comunidad musulmana, manipulando la opinión pública y fabricando una falsa lógica que iguala a los musulmanes y refugiados con “extremistas” y “terroristas”. Trump sólo está usando la misma despreciable retórica que ya había usado contra los mexicanos y centroamericanos, al declarar que eran todos criminales y gente peligrosa.

Por: Florence Open

La única diferencia es que la realidad de la profundización de la guerra en Siria y Oriente Medio, el ascenso del Estado Islámico y los recientes ataques terroristas en Francia y EEUU le permiten jugar más directa y eficientemente con los temores y las frustraciones del pueblo trabajador estadounidense, buscando instalar sospechas y división.

Pero Trump no es el único responsable del aumento de la islamofobia y la intolerancia en el país. Sólo es la punta de un iceberg repugnante: el consenso racista que unifica a la clase dominante estadounidense, o “el 1%” como han comenzado a ser llamados popularmente. Algunas encuestas realizadas a finales de noviembre mostraron que 71% de los republicanos, 45% de los independientes y 38% de los demócratas concuerdan con que los “musulmanes” (todos, cualquier clase de musulmanes) representan “algún tipo de amenaza seria” a la seguridad de Estados Unidos (1).

La profundización del sentimiento anti-musulmán no es algo solamente de Trump: es fomentado y silenciosamente aceptado por consenso entre las voces más importantes de la política y la economía del país, que quieren que creamos que estaríamos “más seguros” sin ellos. Por supuesto que los simpatizantes republicanos son los que lideran las ideas más agresivas (43% apoyaría la idea de que el gobierno de EEUU monitoree a todos los musulmanes que viven en el país como “terroristas potenciales”), pero este temor y esas ideas no salieron de la nada.

Detrás de la islamofobia: las mentiras de la sangrienta estrategia de la clase dominante

Desde 2002, tanto los republicanos como los demócratas han comandado gobiernos que han invadido y ocupado dos países de población predominantemente musulmana (Irak y Afganistán), y también han bombardeado regularmente Somalia, Siria, Yemen y Pakistán. Así, la identificación “musulmán=enemigo”, es fabricada por la política exterior de EEUU para servir a los intereses de las corporaciones estadounidenses. Para justificar no sólo los gastos sino el hecho de que el territorio de EEUU y la población civil corren el riesgo de contraataques y atentados (vía conflictos militares o ataques terroristas), los líderes de este proyecto imperialista han fabricado una serie de mentiras: la primera es que el Islam es una religión “inherentemente violenta”, y así cualquier “musulmán” puede ser fácilmente “radicalizado”, es decir, transformado en “terrorista”, el segundo es que los musulmanes representan una amenaza a la seguridad de los trabajadores estadounidenses porque “odian a los Estados Unidos” (obviamente, ellos odian al gobierno de EEUU, que está invadiendo, destruyendo y bombardeando sus países y sus familias).

Además, si uno se toma el tiempo de mirar la historia y analizar los recientes eventos, es muy fácil desenmascarar estos mitos que permiten a Trump y sus acólitos subir en las encuestas. Porque los musulmanes no odian al “pueblo americano” ni su religión es más violenta que todas las variantes del cristianismo –en nombre del cual han sido llevadas adelante las más sangrientas cruzadas y genocidios de los pueblos nativos de América, en cuya defensa fueron torturados y asesinados los mayores científicos e intelectuales en Europa–, y se han desarrollado métodos e instrumentos de tortura. Los países musulmanes no tienen tasas de asesinatos más altos que los no musulmanes ni son testigos de episodios de asesinatos en masa (2).

Lo que es verdad, sin embargo, es que este viejo prejuicio occidental, revivido por Samuel Huntington, es completamente falso: [que] las sociedades musulmanas sean “sangrientas” no está fundamentado por datos empíricos. Lo que es verdad, sin embargo, es que “en el período de 15 años terminado en 2008, los militantes islámicos fueron responsables por el 60% de las bombas terroristas de alto impacto, pero casi todas estuvieron concentradas en solo un puñado de países mayoritariamente musulmanes en el contexto de conflictos mayores que estaban ocurriendo: lugares como Afganistán después de la invasión americana o Argelia después del golpe militar.” (3)

Es decir, en el reciente período ha habido más islamistas combatiendo por causa del imperialismo estadounidense y europeo, y de sus repetidas agresiones e intentos de Occidente de dominar a los musulmanes. Eso no es un indicador de un “Islam sanguinario” sino de un “Occidente sanguinario” y de los intentos de las fuerzas islámicas y otras no confesionales por ejercer su derecho de autodefensa y autodeterminación en sus propios países, lo que es un asunto muy distinto.

La idea de que árabes, musulmanes, refugiados, negros, latinos e inmigrantes son grupos o categorías de individuos que son “potencialmente peligrosos para el pueblo americano” ha sido fabricada por los poderes existentes para mantenernos divididos, y para culpar a otros por los pecados y acciones atroces que el gobierno de EEUU comete en nombre de los “americanos”, y por la degradación de las condiciones de vida y la falta de buenos empleos en Estados Unidos.

Para combatir la islamofobia, necesitamos no solo explicar y contrarrestar pacientemente que los principales “argumentos” usados por Trump y los otros son falsos, sino también exponer las verdaderas causas de esta falsedad: la necesidad de justificar política imperialista de EEUU, sus guerras y el hecho de que el gobierno da toda la libertad para el “1%”, y nos deja secos al “99%”.

¿La llegada de fascismo o un giro bonapartista?

Necesitamos comprender realmente la naturaleza de la amenaza expresada por Trump para combatirla mejor. Algunos periódicos radicales y socialistas, activistas y posts de blogs afirman que Trump es “fascista” y que su ascenso en las encuestas puede ser igualado con un ascenso del fascismo en Estados Unidos. Otros dicen que Trump “no es diferente” en nada  a los políticos que lo precedieron. Es simplemente un burgués oportunista que está usando los medios y las redes sociales para impactar y decirle al “pueblo americano” lo que quiere oír: que él no pertenece al corrupto establishment, que él es exitoso, que ha encontrado un “enemigo interno” y que, si es electo, enderezará el país y la economía a través de deportaciones masivas y millones de nuevos empleos.

La realidad actual es, por supuesto, más complicada y está entre ambas posiciones, con la salvedad de que el fascismo no puede ser “medido” sólo por el nivel de fanatismo, violencia o racismo de los discursos aislados de la realidad. Si este fuese el criterio, es verdad que las ideas de Trump no están lejos de los grupos proto-fascistas. Cabe recordar que el fascismo surgió en las décadas de 1920 y 1930 en las sociedades industrializadas como un movimiento contrarrevolucionario para evitar el ascenso del comunismo. Es un fenómeno social que va más allá de las palabras, y se orienta hacia las acciones de masas y su organización, espoleada por una radicalización hacia derecha de la clase media que se organiza en grupos fascistas y comienza a atacar a las organizaciones de la clase trabajadora y a los partidos de izquierda. En EEUU hemos visto un incremento de ataques aislados a musulmanes y árabes, y han habido en años anteriores ataques y milicias formadas contra trabajadores inmigrantes en los estados fronterizos.

Podemos decir que Trump no es el líder de un movimiento fascista, sino más bien de una derecha populista (como Pat Buchanan lo fue en los 1990s), en primer lugar porque él no está cuestionando la forma actual de funcionamiento del sistema. Por el contrario, él quiere “fortalecerlo”, quiere llegar al poder a través de elecciones, no abolirlas; está usando y defendiendo el peso económico de las corporaciones del “1%” y haciendo presión sobre la política americana, no cuestionándola.

Como señala claramente un reciente artículo del Wall Street Journal: “Donald Trump ha construido su posición de liderazgo en la carrera de las primarias republicanas juntando un menospreciado segmento del partido (votantes trabajadores industriales que no están especialmente preocupados por las cuestiones sociales) y que pueden dar un escenario inusual de una carrera de tres personas hacia la nominación. El llamado de Mr. Trump es una forma de populismo laico raramente visto en las primarias republicanas, y él está presionando en parte con apariciones en las comunidades de trabajadores de Iowa que incluyen votantes independientes e incluso demócratas que pueden ser atraídos con engaños en los caucus (*). El mensaje del famoso empresario comienza a resonar dentro de los votantes que creen más fuertemente que los líderes políticos son incapaces de encarrilar nuevamente a la nación”. (4)

En segundo lugar, porque parece que, por el momento, los capitalistas de EEUU no se enfrentan con el tipo de crisis política (un ascenso político de los trabajadores y las organizaciones de izquierda) que podría motivar a un sector de la burguesía a apoyar potencialmente a alguien como Trump para recurrir al fascismo, abandonando su actual forma “democrática” de gobernar: el parlamentarismo. Si la situación cambia y el nivel de luchas se incrementa en términos cuantitativos y cualitativos en EEUU, no es improbable que elementos como Trump, dentro de la actual política del país, puedan constituir un auténtico movimiento fascista y reanimar sus relaciones con grupos como el Ku Klux Klan y otros.

¿Cual es la salida?

Lo que es más probable, sin embargo, es que la clase dominante esté dejando que la incitación al odio por parte de Trump, el chovinismo y la islamofobia jueguen en la actual estrategia de encontrar nuevos chivos expiatorios frente a la debilidad de la recuperación económica para la clase trabajadora, siete años después del estallido de la crisis económica, mientras concentra más apoyo en el verdadero candidato de las grandes corporaciones: Hillary Clinton.

Para combatir el fanatismo de Trump y su discurso de odio, no debemos caer en la lógica establecida del bipartidismo del “mal menor”. Más bien, necesitamos combatir todos los ataques racistas contra los negros, musulmanes e inmigrantes a través de acciones unitarias en las calles y espacios públicos, a través de movimientos de masas democráticos que deberían llamar a las organizaciones sindicales y populares a tomar acciones unitarias e independientes. También necesitamos comenzar a construir una alternativa política independiente para los trabajadores, que enfrente claramente todas las opresiones y levante un programa de emergencia defendiendo los derechos democráticos y combatiendo la austeridad.

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¿Será Trump el candidato republicano?

Los temores de que Trump pueda ganar la candidatura republicana sin embargo subsisten. Trump ha ascendido y ahora lidera las encuestas, junto con Cruz y Rubio como los candidatos republicanos más populares. Por supuesto, estos temores son muy útiles para los “liberales honestos” que buscan atraer el voto al Partido Demócrata sin ofrecer nada nuevo a los empobrecidos trabajadores americanos.

La verdad es que parece muy difícil que Trump consiga suficientes delegados para ganar la nominación de la próxima convención republicana en Cleveland, en julio de 2016. Trump necesita obtener la mitad más uno del total de delegados (1.237 sobre 2.472), pero el juego está arreglado de forma que los delegados electos para la convención del partido republicano (y también la del demócrata) no se basan en la popularidad ni en las verdaderas raíces de la democracia (¡qué sorpresa!).

En primer lugar, los Estados que apoyan tradicionalmente al partido republicano tienen más delegados que los otros Estados: Mississippi, un Estado tradicionalmente conservador con menos de 3 millones de habitantes envía 40 delegados, mientras Colorado, que tiene 5.4 millones, solo envía 38. Pero también hay 437 (sobre 2.472) “delegados no comprometidos” (llamados “superdelegados” en el Partido Demócrata) que no fueron electos en las primarias locales y estatales y no están atados a las mismas reglas que los delegados electos (5). De estos 437, 168 son miembros del Comité Nacional Republicano que no sólo odia a Trump, sino que está agrupando todos los votos “no comprometidos” para oponerse a él. De este modo, en realidad, Trump debería lograr el 60.78% de los delegados comprometidos para ganar la nominación. (6)

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¿Quién apoya a Donald Trump?

Se hicieron algunas encuestas en la base social de Donald Trump. Es claro que Trump busca apelar a los elementos más conservadores de la clase trabajadora blanca para reconectarlos con el partido republicano (como Sanders está tratando de hacerlo con la base social pérdida de los demócratas).

De hecho, no todos los partidarios de Trump son ultra-derechistas, aunque un sector importante del Tea Party lo apoya claramente (71%), y otras tendencias ideológicas del partido están girando hacia él (7).

Trump también apela a un sector de simpatizantes del partido demócrata y de independientes. Uno de sus puntos comunes, además de ser mayoritariamente blancos, hombres y no poder pagar una carrera universitaria, es que se trata de una parte de la población trabajadora que descree de los medios masivos, las investigaciones y la ciencia admitida, y del sistema educativo, y es propenso a creer en teorías conspirativas, las ideas creacionistas, y la idea de que todo el juego político está amañado y que Trump es el único que puede combatir el establishment. Por ejemplo, 66% de los simpatizantes de Trump cree que Obama es musulmán mientras solo 12% piensa que es cristiano (8). Y también la mayoría (61%) aún cree que Obama mintió sobre la veracidad de su certificado de nacimiento.

 

 

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